El
ser humano es un animal capaz de sobrevivir en diversas
circunstancias. Así sean violentas. Construimos hábitos en base a
las características de nuestro entorno. Y a diario repetimos una
secuencia de actividades que son la base de nuestro proceso de
adaptación. Estamos hechos de costumbres. Solamente nuestra mente,
origen de maravillas y desgracias, nos pide aferrarnos tercamente a
aquello que ya es ausencia, perdiendo un poco esa extraordinaria
flexibilidad. Y al mismo tiempo terminamos por consentir la realidad
tal cual es. Así sea violenta.
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| Foto de Angélica Morales Mora |
Cada
cual escoge en qué medida y de qué manera transformar y aceptar el
mundo. Optamos por una profesión, que en buena parte determina
nuestra forma de vida. El arte es uno de esos caminos. Y así como
aplaudo a los bailarines por la disciplina que llevan para ejercer su
labor, admiro enormemente a los realizadores audiovisuales por todo
el arduo trabajo que implica sacar a la luz pública una producción.
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| Foto de Angélica Morales Mora |
En
día pasados estuve conversando con tres de los personajes
involucrados en la realización del largometraje “Jardín de
Amapolas”: Angélica Morales (script),
Carlos López (asistencia de dirección) y Miguel Vargas (sonido
directo). Asistí a la proyección para prensa en el teatro Royal
Films San Martín. Y al salir, una extraña mezcla de sentimientos me
habitaba. Satisfacción por haber presenciado una película
colombiana de excelente calidad. Conmoción por las cruel situación
expuesta en la historia, que aunque es ficticia, se basa en hechos
reales vividos y presenciados por el director del filme, el ipialeño
Juan Carlos Melo. Ternura por la presencia de sus protagonistas,
Simón y Luisa, quienes a pesar de verse directamente afectados por
el conflicto armado que agobia a la región en donde viven, no paran
de jugar y de soñar, inventando curiosas estrategias para colorear
sus días. Rabia e impotencia por reconocer una vez más la triste
situación de guerra en la cual se encuentra, no solo Nariño, si no
el país entero. A nivel mundial son evidentes las injusticias y los
abusos perpetuados, incluso son sabidos los nombres propios de sus
autores. Aún así, son innumerables los crímenes cometidos en
estado de impunidad. Y una suerte de esperanza, una especie de
ilusión, por saber que hay gente interesada y empeñada en
participar activa y creativamente en la construcción de la memoria
colectiva. Necesitamos conocer, reconocer y entender nuestra
historia. Necesitamos perdonar, claro está. Pero como diría el
filósofo y escritor español Jorge Agustín Nicolás Ruiz de
Santayana, y también algunos otros ilustres personajes, quien olvida
su historia está condenado a repetirla. Necesitamos abandonar la
violencia como costumbre.
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| Foto de Angélica Morales Mora |
Chirimoya
Films (www.chirimoyafilms.com)
participó en la coproducción de “Jardín de Amapolas”. Con
Angélica y Carlos, integrantes de este “Laboratorio Audiovisual
para un Cine Libre”, estuvimos hablando un poco del lugar que
creemos que tiene el llamado séptimo arte en nuestra sociedad. A
sabiendas de las exorbitantes cifras de dinero que se requieren para
hacer una película, y conscientes de la cantidad de personas que
viven por debajo del nivel de pobreza en nuestro país como
contraste, ambos tienen la firme convicción de que vale la pena
seguir apostándole al cine nacional. A nivel individual, no conciben
sus vidas de otra manera, el cine es su pasión. Y a nivel colectivo,
consideran que es indispensable tener otra perspectiva de los
acontecimientos. Como bien lo ha dicho el propio Juan Carlos, es una
necesidad escuchar la historia desde el punto de vista de las
víctimas, porque los medios de comunicación comerciales,
tristemente los más populares, cuentan la historia desde la óptica
de los victimarios, originando muy sutilmente una cierta idolatría
de los mismos ante los espectadores. Esos mismos medios se han
empeñado en polarizar a la ciudadanía, porque así como es más
fácil controlar a un pueblo ignorante, es conveniente dividirlo para
aminorar su poder. La pertenencia a un partido político específico,
o la simpatía para con el mismo, se ha convertido en una excusa para
asumir a ese “oponente” como a un enemigo, al que debo odiar y
combatir hasta la muerte. Se propaga así una idea equivocada de lo
que es la política, confundiéndola con el partidismo. En la
película aparecen en igual medida tanto paramilitares como
guerrilleros, grupos armados al margen de la ley tan comúnmente
vinculados a la derecha extrema o a la extrema izquierda. No se
establece ningún juicio de valor, pintando a unos como los “malos”
o a los otros como los “buenos”. Simplemente se narra la manera
en la que los habitantes de la región en cuestión, que es la
situación del campo colombiano en general, terminan arrinconados en
un callejón sin salida, teniendo que dedicarse a actividades
laborales ilícitas para sobrevivir, como es el caso de Emilio el
padre de Simón, viviendo el acoso de los dos bandos, que lejos de
querer ejercer política en las regiones, se camuflan detrás de
ideales ya extintos para apoderarse de los negocios que más dinero
mueven en el país.
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| Foto de Angélica Morales Mora |
He
tenido cierta cercanía con personas que se dedican a la producción
audiovisual. Y tengo la percepción de que el rodaje, a pesar de ser
una experiencia fuerte, difícil y muy intensa, les encanta. Siempre
los toca muy profundamente. Llena de curiosidad hice muchas preguntas
al respecto, como queriendo encontrar en algún lugar la esencia de
la película. Los habitantes de la zona conformaron gran parte del
equipo técnico y artístico que participó del rodaje. Solo unas
doce personas provenían de afuera, los de Bogotá por cuenta de
Chirimoya Films y los Medellín por cuenta de Nación Latina Films.
En vez de alojarse en un hotel, como ocurre en la mayoría de los
casos, se hospedaron en un apartamento a unas ocho cuadras del parque
principal de Ipiales. Se ríen mientras me hablan de haberse sentido
en un reality,
toda una convivencia extrema me dicen. Para que la película se
sintiera lo más natural posible, Juan Carlos se empeñó en generar
todo tipo de experiencias para que rolos y paisas se compenetraran
con el lugar. Miguel recuerda el maíz tostao mezclado con chicharrón
que vendían en cada esquina. Carlos,
quien también participó de la preproducción, inauguró su
inmersión en la atmósfera cultural muy festivamente, asistiendo al
Carnaval de Negros y Blancos en el año 2010. Angélica resaltó el
particular humor negro de los lugareños, de actitud humilde y
tranquila. Escuché muchas historias de los tres, unas graciosas,
otras bien trágicas, y aunque logré formarme una idea de lo que
pudo haber sido la experiencia, seguía sin descifrar completamente
en dónde estaba el secreto de la película. Porque “Jardín de
Amapolas” trata una temática que ya ha aparecido en otras
producciones, los estragos del conflicto armado en la población
civil. Pero no quedé con la sensación de haber visto algo ya
registrado en mi cabeza, no, ningún asomo de deyavú. Sé que una de
las diferencias importantes es que no se vale de imágenes
amarillistas, sangrientas y sensacionalistas para atraer al público,
el morbo es siempre un gancho efectivo. Sin embargo no podía ser
solamente eso, tenía que haber algún otro aspecto determinante. Así
que se los pregunté directamente: ¿en dónde está la magia de este
filme?
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| Foto de Angélica Morales Mora |
Varios
elementos se articulan para producir ese encanto intangible. Juan
Carlos tenía mucha claridad del tipo de película que quería hacer,
dice Miguel. Siente eso desde que leyó el guión por primera vez,
hace un buen tiempo ya, en algún punto del año 2006. A eso le suma
la acertada toma de decisiones y mucha suerte. Es una historia
profunda con la capacidad de generar una reflexión desde el
sentimiento, no desde los razón, agrega. Carlos y Angélica me
hablaron de la firmeza y dedicación con la que los nariñenses
participaron, aún sabiendo que no habría remuneración monetaria a
cambio. Los impresionó de sobremanera el compromiso sin límites, la
entrega total y desinteresada. Estuvimos de acuerdo en que, cada vez
que se produce una obra de arte, el espectador no tiene idea de la
cantidad de trabajo que hay detrás de ella. Y no tiene por qué
saberlo. Hablar de los “sacrificios” realizados ante el público
sería como mostrar la herida para pedir una moneda. Y no es esa la
intención. Pero es posible que toda esa energía y disposición haya
impregnado toda la producción con una fragancia inigualable.
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| Foto de Angélica Morales Mora |
No
hay ninguna política pública que favorezca a las películas, por lo
cual se enfrentan solas a la inclemente dinámica comercial de las
salas de cine actuales. Si el filme no es lo suficientemente
taquillero, solo se mantiene en cartelera ocho escasos días. “Jardín
de Amapolas” ya va por su segunda semana, y depende solamente de
nosotros, los espectadores, que logre coronar una tercera. El país
se congela y paraliza con un partido de fútbol de cualquier equipo
nacional. Y muchos pregonan patriotismo y sentido de pertenencia.
Adelante, pónganse las camisetas. Pero que esa unidad y esa
solidaridad se extiendan a todas las manifestaciones culturales
colombianas. Y que asistir a las salas de cine a ver películas
colombianas de calidad se nos convierta en un hábito.