MúSiCA
PaRA iNFaNtEs:
TAmBiÉN
CUeSTióN DE GraNdES
María
del Sol Peralta Vasco
y
Edson Velandia Corredor
Han habitado una misma escena artística, la música infantil, y se han desempeñado como profesionales en el mismo campo laboral, la educación. Ambos han ofrecido espectáculos para el público familiar y ambos se han relacionado con niños, padres y profesores en espacios pedagógicos y lúdicos diversos.
María
del Sol tiene una voz suave y dulce, tanto al hablar como al cantar.
El sonido de Edson es más ronco, más áspero. Igualmente dispares
son sus historias de vida y sus producciones musicales. A los dos
escucho con placer y a los dos admiro, por ser comprometidos y
consecuentes en su labor.
Estos
extremos,
con
sus particulares intersecciones,
son
mi punto de referencia para hablar un poco de
la
música infantil colombiana:
un
tema fundamental
para
la construcción de un país más feliz.
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| Foto extraida del perfil facebook Ser feliz, creciendo feliz. |
Creciendo juntos
En
el proceso de desarrollo del infante, el adulto ha de convertirse en
su amigo fiel (como le canta Woody a Andy). Tener un hijo va más
allá de alimentar la cría, darle un techo y pagarle una buena
educación. Se trata también de acompañar genuinamente a ese ser
humano, siendo al mismo tiempo su guía y su aprendiz. María del Sol
da gran importancia a esta pareja, idealmente inseparable, y por ello
en sus montajes considera, no solo el disfrute de los niños, sino
también el gozo de los mayores que están a su lado. Se dirige a
ellos de manera directa, invitándolos a hacer parte del convite.
“Pa'
arriba pues papás”,
dice
con acento mexicano la tortuga Prudencia,
a
ver si los gigantes se paran por un rato
a
zapatear, a brincar y a dar vueltas
al
lado de los más enanos.
(Prudencia
es un personaje de “Con...¡cierto animal!,
segundo
montaje de la colección
“María
del Sol, música y libros para la familia”)
Echar
mano de la tradición oral, aquella información oculta en lo más
recóndito de la mente y del corazón, es también una muy útil
herramienta. María del Sol ha presenciado, en talleres y en
conciertos, cómo cada vez que una canción tradicional es
interpretada, algo especial se activa en el adulto. Los que habían
permanecido en un estado de enajenación de repente se incorporan,
porque la música y las palabras han tocado fibras muy profundas,
seguramente cargadas de recuerdos y de afectos.
El
gallo pinto se durmió, y esta mañana no cantó,
todo
el mundo espera su kokorikó,
el
sol no salió porque aún no lo oyó.
Edson
también se interesa por incluir a los adultos en sus conciertos.
Para que hagan parte activa del compartir con los pequeños. Para que
se “sollen” un rato cantando y bailando con ellos. Para recordar
en conjunto que el espíritu infantil, ese “juego por el juego,
esas ganas de estar feliz”, también nos puede pertenecer,
alimentar y movilizar, por muy grandes que seamos. Velandia,
aplicando esta lógica juguetona para componer canciones infantiles,
logra encantar con igual fascinación a todo el público asistente.
Porque todos somos portadores de un niño interior, así la imagen
suene a lugar común. Él no piensa en una estética específica ni
en una función determinada al escribir. Los procesos se dan de
manera orgánica, la canción simplemente va ocurriendo. Construye
con sonidos y palabras un espacio de juego y felicidad, en el cual se
encuentra toda la familia y toda la comunidad.
María
del Sol y Edson, a pesar del abismo que hay entre sus temperamentos,
coinciden en asumir la música infantil pensando al infante en
conexión indisoluble con el adulto. Chicos y no tan chicos creciendo
juntos, alimentándonos a la par los unos de los otros.
Hay
un dicho, de tinte un tanto machista,
que
reza que detrás de un gran hombre,
siempre
hay una gran mujer.
Pues
bien,
detrás
de todo niño
hay
siempre un adulto que lo acompaña.
Ese
adulto es la principal referencia que el niño posee del ser humano,
del cual copiará la mayoría de las actitudes y del cual tomará
gran parte de los principios y valores. Así que, a la hora de hacer
música infantil, no pueden ser olvidados sus acudientes, hay que
dirigirse a ellos de manera directa y trabajar por invitarlos a hacer
parte del mundo del niño activa y participativamente.
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| Foto extraida del perfil facebook de María del Sol. |
Cuatro por mil: ¡huraño!!!
(El
título proviene de un fragmento
de
la canción “Las tablas”,
compuesta
por Edson Velandia)
Mi
interés particular por la música infantil colombiana proviene de mi
cotidianidad. A nivel profesional, me he desempeñado como profesora
de música. He trabajado mucho con la primera infancia. Para hacer
mis clases me he visto en la necesidad de aprender infinidad de
canciones infantiles. Los colegas han sido una fuente importante para
la conformación de mi repertorio de trabajo (agradecimiento especial
a Clara Calderón). He compuesto algunas cosas. También he
emprendido la tarea de investigar y preguntar, aquí y allá, por
cosas nuevas y diferentes, pues siento una predilección hacia lo
raro, hacia lo poco común. He procurado escoger siempre canciones
que me cautiven, ya que la experiencia me ha mostrado que a los niños
les encanta la repetición, la adoran. Lo que les gusta lo piden mil
veces, parecen no cansarse.
Si
uno quiere divertirse también y al mismo nivel,
ha
de interpretar esa canción predilecta
cuantas
veces los niños la soliciten.
Sin
aburrirse en el intento.
Y
hablo del aburrimiento porque, en esa exploración de músicas para
interpretar en el salón de clases, me he encontrado así mismo con
muchas producciones que no me entretienen en lo absoluto.
Curiosamente, esas canciones que a mí me parecen aburridas, son las
que más comúnmente encuentro en los anaqueles de las instituciones
educativas. Canciones construidas con objetivos específicos que
dejan en el olvido al goce, cuando el goce es el real norte.
Canciones para trasmitir reglas y comportamientos a seguir. Canciones
para reforzar los desarrollos motrices e intelectuales de los niños
(dos por dos: ¡cuatro!!!). Canciones para edificar genios y
canciones que parecen un elogio a la tontería, a la banalidad.
Canciones para aprender a tocar un instrumento, canciones para dar
lecciones morales. Canciones para dar instrucciones. Y aunque hay
canciones muy divertidas que satisfacen estos objetivos, o melodías
muy hermosas que tienen la clara función de acompañar momentos de
la vida cotidiana, como levantarse, irse a dormir, vestirse o
ducharse, su valor estético no está en su utilidad. Su belleza
proviene de esa naturaleza risueña que el artista usa como motor
para componerlas. El peligro del asunto está en que los niños
pueden llegar a enamorarse de esas canciones “faltas de espíritu”,
construidas con lógicas en exceso sistemáticas. Porque, como bien
dice Edson, “un niño es feliz con muy poco”. Algo bien parecido
piensa María del Sol. Yo, por mi parte, también lo he podido
comprobar. Esa capacidad de bastarse con lo mínimo es realmente
maravillosa. Pero no es razón para no perseguir calidad, alma y
autenticidad en las canciones infantiles.
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| Foto extraida del perfil facebook de Edson Velandia |
Repito y repita se fueron al mar
Una
de las razones por las cuales los niños gustan de la repetición es
porque la aparición de un mismo elemento les permite sentirse
familiarizados con algo. Se agarran de lo conocido para poder seguir
explorando el mundo alrededor sin tanto temor. María del Sol me
contó que a este tipo de elementos se les llama los objetos
transicionales. Transición del hogar a los espacios colectivos.
Si una canción específica trae al niño el recuerdo de su madre
arrullándolo, pues se convierte en un objeto transicional: cantarla
y escucharla le da seguridad.
Pero
así como los pequeños gustan mucho de la repetición, también
necesitan de la novedad. No podemos proporcionarles siempre lo mismo.
Su curiosidad es tan inagotable como su energía. Así que la música
infantil se vuelve un asunto de gran destreza, pues requiere de la
repetición y de la innovación en la justa medida. No se trata de
ensayos complejos y de estudios minuciosos e interminables. Vale la
pena contrarrestar esta probabilidad de laberinto con lo más básico
y lo más orgánico: el gusto y el disfrute propios.
Profesores
y padres, amigos y familiares:
las
canciones que cantamos a nuestros niños
han
de maravillarnos a nosotros también, no hay otra salida.
Porque
la música para infantes es también cuestión de grandes.
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| Foto extraida del perfil facebook de María del Sol. |
Ahí va la serpiente
“María
del Sol, música y libros para la familia” es una colección creada
en el 2008 en alianza con la editorial Alfaguara. Los ejemplares
incluyen un libro y un disco. El grupo Cantaclaro, junto con María
del Sol, ofrecen un espectáculo interdisciplinar, en donde aparecen
las historias contenidas en el libro y en el disco. El proyecto
cuenta ya con tres producciones: “Sana que sana”, “Con...¡cierto
animal!” y “Tomatina Curatodo. Cura nada sin amor”.
“Sana
que sana” es, básicamente, una recopilación de canciones y versos
tradicionales. Para su realización se contó con la participación
de “Palabras que acompañan”, un programa de retribución social
liderado por Patricia Correa y financiado por el laboratorio
GlaxoSmithKline, productores del medicamento Dolex. El sonido y la
palabra como fuentes sanadoras físicas y emocionales reales, es el
lugar a partir del cual se estructura la producción. Yo he utilizado
este material frecuentemente en mi trabajo, y he podido presenciar de
cerca el poder que tiene la tradición oral, convocando y reuniendo a
toda la colectividad.
“Aserrín,
aserrán, los maderos de San Juan”.
Los
ojos se iluminan.
“A
la rueda rueda de pan y canela”.
Las
sonrisas se dibujan.
“A
mi burro, a mi burro le duele la cabeza”.
Los
poros se abren más y las pieles tersas brillan.
Todas
estas tonadas conocidas son elementos con los cuales guardamos cierta
relación afectiva. De alguna secreta esquina del inconsciente se
extiende un lazo, y de repente nos sentimos identificados con la
canción.
Es
posible que aquello de los objetos transicionales
siga
teniendo su efecto en nosotros,
por
muy adultos que ya seamos.
La
forma en la que son presentadas las canciones que escucho en “Sana
que sana” también me deleita. Porque esas cantinelas tradicionales
yo ya las he escuchado muchas veces en versiones que considero pobres
y vacías. Secuencias mal trabajadas, arreglos pseudocaribeños mal
logrados, voces infantilizadas, estilizadas o sencillamente
desafinadas. El sonido de “Sana que sana” está hecho con amor,
con calidad y con dedicación. Hay un claro sentido musical, hay un
sólido soporte pedagógico. Y es de los pocos trabajos de música
infantil hechos a consciencia, pensando en el beneficio de los niños
y de toda la familia, con un considerable éxito comercial hasta el
día de hoy. Es relativamente fácil encontrarlo en librerías
(Panamericana), supermercados (Éxito) y discotiendas (Prodiscos).
Sin
embargo, como ocurre con el equilibrio que ha de haber entre
repetición y novedad, la tradición oral no puede convertirse en el
único material a trabajar con los pequeños. Requerimos el otro lado
de la balanza. Ellos y nosotros necesitamos refrescarnos, escuchar
otras cosas. A mí me hace reír y carcajear pensar en una serpiente,
proveniente de tierras calientes, que además está demente y cuyos
alimentos son el plátano y el aguardiente. Pero quiero alimentarme
de otras cosas.
Padres,
maestros y acudientes:
vale
la pena oxigenarse, renovar el repertorio,
componer,
inventar, investigar.
¡Pilas, papá!!!
(Fragmento
de la canción “Pilas”,
compuesta
por Edson Velandia)
“Sócrates”,
producción discográfica del 2007, es un trabajo musical tierno y
entretenido, alejado de toda estética típicamente infantil,
realmente algo muy original, un nuevo aire. Diez canciones lo
conforman, escritas a manera de ronda por el maestro Velandia.
Edson
nació en Bucaramanga, y por un tiempo estudió allí Composición
Musical. Su actual morada es un rancho en Piedecuesta, población a
escasos 15 minutos de distancia de la capital santandereana, donde
comparte vida con su hijo y con su mujer. Intuyo que es por ese
contexto de tipo campesino que sus dinámicas de funcionamiento son
muy del color de la naturaleza misma: desprevenidas, sin abusos
metódicos, poseedoras de un orden flexible y de una estructura
consistente pero maleable. Las letras de “Sócrates” son muy
particulares. Contienen rima y poseen ritmo, son depuradas y muy
cuidadas, sin llegar a ser excesivamente especializadas y claramente
alejadas de ser insustanciales. Son ocurrentes y retadoras, como un
trabalenguas. El propio Edson me contó que a los niños les causaba
gracia pronunciarlas. Las historias provienen de experiencias
personales del compositor, poseedor de aquella magia para partir de
las anécdotas, amasarlas, adobarlas y cocinarlas para, finalmente,
volverlas una canción. Hay algunas con música muy enérgica
(“Sócrates”, “Pilas”, “Ni más ni menos”),
conscientemente alejadas de la disonancia, del ruido y del conflicto.
Otras son más arrulladoras y apacibles (“La montaña”, “El
colibrí”, “Moisés”), indiscutiblemente portadoras de gran
calma. Son cantos de cuna que no se conforman simplemente con tener
tímbricas hipnóticas, al mejor estilo de la colección “Babies
Love” y su interminable lista de versiones de los clásicos del
pop, interpretadas por carrillones, campanas, ocarinas y flautas.
Estas canciones hechas por Velandia poseen melodías elaboradas,
tranquilas y mitigadoras, acompañadas de desempeños instrumentales
versados mas no exhibicionistas. Esta producción es un justo
equilibrio entre complejidad y sencillez.
Actualmente,
Velandia tiene más canciones para niños, con las cuales piensa
sacar su segunda producción dirigida a tan especial público. En los
últimos días las ha estado interpretando en algunas localidades de
la capital, pues el IDARTES (Instituto Distrital para las Artes) se
interesó en contratarlo para dar conciertos y algunos talleres, en
el marco de la reciente iniciativa de invertir mucho más en la
infancia. Celebro el hecho de que por parte de la administración
distrital haya intenciones y acciones para permitir que las diversas
disciplinas artísticas hagan parte del mundo cotidiano de los
pequeños, sobretodo aquellos pertenecientes a los estratos
socioeconómicos más bajos. Porque cada vez que he detectado un
especial interés en difundir repertorios de música infantil
diferentes y más diversos, han sido más las voluntades personales
el origen, y no las decisiones tomadas por una institución o plantel
educativo.
“Hágale
cosquillas al que esté a su lao
para
que no esté malhumorao
rásquele
la panza para que se ría
de
tarde, de noche, de noche y de día”.
(Fragmento
de la canción “Pilas”,
El Movimiento Colombiano de la Canción Infantil
Hay
una notoria subvaloración de todo lo relacionado con el mundo
infantil, eso es un hecho. La oferta de música infantil que se
encuentra en las calles aún es bastante limitada, en variedad y en
calidad. Esto podría llegar a malinterpretarse, como para pensar que
no hay artistas interesados en hacer música infantil de manera
responsable y seria. Lo que ocurre es que, al igual que sucede con
muchos otros productos y servicios culturales de carácter no
comercial, el asunto de la baja difusión no permite lograr una
cobertura tan significativa en cantidad. Sin embargo, en el pequeño
nicho, se siente con fuerza la actividad, y hay que aprovecharla para
que crezca.
El
Movimiento Colombiano de la Canción Infantil (MCCI) nació en 1998 y
es, en gran medida, resultado de la intención de ese nicho por
conformarse de manera más estructurada. Jorge Sossa, Charito Acuña,
Carmenza Botero, Mayte Ropaín y Marco Guerrero hacen parte del
actual comité. Algunos otros artistas han estado involucrados: Jairo
Ojeda, Pitti Martínez, Tita Maya. La labor del MCCI se ha centrado,
básicamente, en la organización de eventos, de tipo artístico y
académico, que promueven la canción infantil. El Movimiento de la
Canción Infantil Latinoamericana y Caribeña (MOCILYC), creado en
1994 y con el cual el MCCI guarda una estrecha relación, realiza
cada dos años un encuentro, en donde se dan cita diversos artistas
latinoamericanos creadores e intérpretes de canciones infantiles.
Este año el evento (Undécimo) tendrá lugar en Colombia. La
programación cuenta con 37 agrupaciones nacionales y 46
internacionales. Las cifras sorprenden gratamente.
María
del Sol está en la lista de artistas participantes, conoce a muchos
de los que también darán conciertos en dicho encuentro y ha hecho
parte activa del movimiento. Edson muy recientemente se enteró de la
existencia del MCCI. Lo que pasa es que Velandia no está dedicado
exclusivamente a la composición de canciones infantiles, y aunque ha
sido profesor por años, no es esa su vocación, ha sido más bien
una circunstancia de vida, un asunto de necesidad. Él es un músico
interesado en componer. Y ya. No ha empleado mucha energía en el
tema de la distribución o del posicionamiento en el ámbito
comercial, pedagógico o institucional. Cree que su función es hacer
canciones, y si se concentra lo suficiente en ello, el resto irá
sucediendo, como la vida, como los mandalas, como esta investigación.
Al preguntarle por otras figuras colombianas, hacedoras de canciones
infantiles, menciona a Jorge Velosa y a Andrea Echeverri, artistas
que como él han compuesto obras para niños de forma eventual, sin
llegar a ser ese su único campo de acción.
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| Fotos extraidas de los perfiles facebook de Edson y María del Sol. |
Hay tela de dónde cortar
A
sabiendas del gran material a disposición, ya no hay manera de
quejarse por la escasez. Está el MCCI, con una importante
trayectoria y un crecimiento que satisface, así como algunos otros
artistas que, a pesar de estar por fuera del movimiento, han creado
piezas invaluables. Eso sí, hay que hacer el esfuerzo de visitar
otros centros culturales, puede ser la biblioteca Luis Ángel Arango,
puede ser alguna de las 20 sedes de BIBLORED, y hurgar el catálogo
en búsqueda de nuevas opciones para ofrecer a los niños. Hay que
frecuentar otros lugares, diferentes a los que nos topamos por
accidente en el camino del trabajo al hogar, si es que queremos
pescar bichos exóticos: Musiteca, Tornamesa, Tango Discos, etc. Una
vez más, será una intención personal, pues los centros educativos,
que es en donde los niños pasan la mayor parte de su tiempo, aún
están lejos de querer asumir ese cometido: la adquisición de
materiales interesantes para cantar junto con los infantes.
Vale
la pena que los pequeños se nutran, tanto de la tradición oral,
proveniente del pasado, como de la actualidad musical infantil,
proveniente del presente. Nosotros, los mediadores, hemos de asumir
esa responsabilidad, que no es solamente con los otros sino también
con nosotros mismos.
Dejemos
de regalarnos aburrimiento y mediocridad.
Obsequiémonos
diversión, juego y felicidad.
Porque
la música para infantes
es
también cuestión de grandes.
















