Durante unos meses estuve redactando notas para
la REVISTA CULTURAL SONO. Tristemente alguien hackeó la página, solo sabe usted
que es real hasta que le sucede, y toda la información se perdió en la
inmensidad de la virtualidad. Su director y creador, Manuel Estévez, ha
perseverado valientemente en su misión, así que continúa su labor como
periodista. Aquí el enlace de su nuevo portal web:
En un gesto entre nostálgico y esperanzador,
recojo los frutos del pasado para continuar construyendo el presente. Esta nota
fue originalmente publicada en julio del 2014.
Según el diccionario online de la Real Academia de la lengua,
vernáculo quiere decir de nuestra casa o país. Significado que encaja a
la perfección con el especial sonido del álbum 'Lenguas Vernáculas', primer
trabajo discográfico del colectivo El Último Boabdil. Tanto la grabación
como el lanzamiento se llevaron a cabo muy recientemente en Matik - Matik,
espacio cultural en el que, desde hace poco más de seis años, suenan las bandas
urbanas más destacadas y originales en cuanto a música experimental e
improvisación se refiere. Y como en nuestra casa confluyen influencias
provenientes de distintas geografías, el sonido de 'Lenguas Vernáculas' también
está repleto de sonidos de diversa naturaleza. El formato instrumental de la
banda, conformado por voz líder, coros, bajo, batería, percusiones, violín,
guitarra, charango, flauta caucana, secuencias y procesos, es en sí mismo el
encuentro de diferentes tradiciones. La voz líder, a cargo de María Mónica
Gutiérrez, además de emitir textos y pronunciar palabras con significados
que se relacionan con el ambiente sonoro de los diez temas que conforman el
álbum, ofrece una rica exploración tímbrica, rítmica y expresiva que la
convierte en un instrumento más, dejando un poco de lado aquel típico papel
vocal de narrar historias, transmitir sentimientos y ubicarse jerárquicamente
por encima del resto del formato. El violín, a cargo de Catherine Yara,
hace vibrar melodías de corte muy lírico, contrastando hermosamente con
texturas ruidistas, ejecutadas por Benjamin Calais. La guitarra,
interpretada por Nicolás Mejía, hace sonar melodías que se repiten una y
otra vez, inquietantes bucles que se transforman gradualmente o que desaparecen
de repente. La batería y las percusiones de Camilo Bartelsman, muchas
veces en sincronía rítmica con el bajo de Carlos Quebrada, aportan
elementos del rock progresivo y del punk a esta particular y sincrética
sonoridad total. Alejandro Durán, a través del charango y la flauta caucana,
interviene con líneas influenciadas por músicas tradicionales colombianas y
latinoamericanas. Andrés Gualdrón, acompañando en 'Bakari Nari' a María
Mónica, contribuye con gritos y frases de corte contemporáneo. Estos textos son
haikús, poemas japoneses de tres y cinco versos, por lo cual las palabras se
aprecian más por su calidad sonora que por su significado. Los integrantes de El
Último boabdil definen muy acertadamente ese encuentro único de sonoridades
disímiles como una “música de retaguardia”. Los instrumentos dialogan entre sí,
improvisan, y todos aquellos géneros que han calado en estos ocho artistas
intervienen en las conversaciones, sin el pretexto de hacer fusiones o crear un
nuevo género. Simplemente hacen uso de las herramientas que conocen para crear
ambientes muy emocionales, que crecen y decrecen, se descuelgan súbitamente,
nos sorprenden sin preaviso. 'Fansi Culim', que ya cuenta con un video muy
poético lleno de color, es un equilibrado tejido de capas sónicas, unas graves
y densas, otras muy agudas y delicadas, construidas a punta de reiteraciones en
transformación. En 'Baño salvaje' la voz y el charango generan una suerte de
tenso trance, desembocando en frases sucias y sonidos ásperos. Exitendo una
invitación para escuchar por ustedes mismos. Vale la pena deleitarse con esta
música de nuestra casa.

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